Hace mucho tiempo, cuando la luz eléctrica todavía no llegaba a las casas, ni siquiera a las de las familias más adineradas, una tragedia truncó la vida de una familia. Eran unos agricultores de Segart, un pequeño pueblo enclavado en el corazón de la Sierra Calderona, a los pies del Garbí y del Pico del Águila. Tenía sólo una docena de casas, una pequeña ermita y una taberna. Era, apenas, una calle, encaramada en la ladera de la montaña y cuando caía la noche, las bestias de la montaña paseaban por la aldea atemorizando a los vecinos.

El padre de esta familia era conocido como el Rabosero, dada su afición a cazar zorros por la noche en la sierra y librando así a los lugareños de su presencia. Una vez cazados, el Rabosero los disecaba y decoraba con ellos las calles del pueblo, dándole un aspecto todavía más lúgubre y siniestro. Había zorros por todas partes, en todos los rincones, sobre todas las balaustradas. En los tejados, en las chimeneas... Los zorros conservaban su mirada siniestra, mirando fijamente a los transeúntes y de forma amenazante, algo que poco a poco también evitaba a nuevas bestias que bajaran del monte.
Pero ese no era su negocio… El verdadero motor económico de esta familia era la producción de vino, muy habitual por aquél entonces en la zona, antes de que plantaran los naranjos que hay en la actualidad. Una fuente de ingresos que situó al Rabosero entre las personas más pudientes de la región, lo que le permitió una posición social elevada.
Éste vivía con su esposa, Isabel, y su única hija, a la que habían sobreprotegido hasta el extremo, volviéndola una niña avariciosa y engreída, virtudes con las que ocultaba la gran inseguridad que tenía en sí misma. Se llamaba Ágatha, aunque todo el mundo la conocía como la hija del Rabosero. Era ella la única ocupación de Isabel, su madre, quien tenía muy mal carácter y siempre estaba encima de Ágatha, riñéndole constantemente por todo sin éxito alguno. Incluso la abofeteaba constantemente porque nunca lograba sus propósitos.
Cada cumpleaños, la gente de la zona regalaba a Ágatha multitud de objetos en señal de admiración y, de paso, de adulación a la familia para obtener algún beneficio. Esto convirtió a Ágatha en una joven tremendamente soberbia y altiva, que no obedecía las órdenes de nadie, salvo del Rabosero. Ni siquiera de su madre, sólo del Rabosero. Sin embargo, los negocios de su padre con la recolección y embotellado del vino hacían que éste estuviera todo el día trabajando y que, por las noches, el único momento en que podía estar en casa disfrutando de su familia, optara por ausentarse de casa y se fuera al bosque a cazar zorros y otros animales. Así se evadía de la difícil situación que tenía en casa, con una mujer que se casó con él por intereses económicos y porque tenía una hija insoportable.
Pasaron los años. Ágatha creció e Isabel se hizo más introvertida, rozando la locura, pues apenas salía de casa y sólo tenía ojos para su hija, una niña rebelde y que la tenía obsesionada. Aquella niña estúpida e insolente que ahora era una adolescente que sólo se ocupaba de sus cuidados personales y de sus paseos y juegos por los viñedos.
Pero todo cambió el día que Ágatha cumplió los 14 años. Como cada aniversario, su casa se llenó de regalos diversos. Pero entre todos, uno de ellos llamó poderosamente su atención. Era una especie de tronco que estaba lleno de algún material, de forma que, al moverlo, hacía sonar un ruido parecido a la lluvia. La hipnotizó completamente, sumiéndola en un estado de embriaguez que le impidió hacer otra cosa que no fuera hacer sonar ese extraño objeto. Se imaginaba a sí misma en otro lugar, muy lejos de aquella aldea y de esos viñedos que absorbían a su padre, corriendo por una llanura con un horizonte infinito y mojándose al mismo tiempo por las gotas intermitentes que caían. No llovía, sólo chispeaba, sobre todo cada vez que hacía mover el objeto. De pronto, su carrera por aquel terreno imberbe y apacible se interrumpió, pues tropezó con un enorme bloque grisáceo que había en el suelo. Dentro de su ensoñación, se incorporó mientras en su vida real seguía haciendo sonar el palo extraño. Se sorprendió al ver que esa piedra enorme con la que había tropezado era en realidad una lápida funeraria. La leyó. En ella estaba escrito con letras grandes el nombre de su madre y, de pronto, volvió a la realidad y lanzó el palo al suelo, como despertando de una horrible pesadilla. En ese momento, Ágatha cayó rendida en la cama y se durmió.

Al romper el alba, no escuchó a su padre entrar en casa, pero la despertó un grito desgarrador. Era el Rabosero y Ágatha nunca le había escuchado gritar así, así que corrió rápidamente hacia el dormitorio de sus padres y se encontró con lo que había presagiado la noche anterior: su madre había muerto. Tenía el cuerpo empapado, como si hubiera sudado mucho en la cama, pero era enero y en la sierra hacía un frío descomunal. Ágatha no dijo nada, se dio media vuelta y dejó al Rabosero llorando la muerte de su mujer. La niña se había dado cuenta de lo que había pasado: uno de sus más profundos deseos se había cumplido, su madre había muerto y por fin la dejaría en paz. No era sudor lo que envolvía a Isabel, sino la lluvia que había aparecido en el sueño de Ágatha. Ahora disfrutaba de esa sensación de libertad que había experimentado hacía unas horas mientras movía el extraño objeto. Era eso, ese palo. Ágatha sabía que tenía algo especial y lo había descubierto. Al moverlo, sus más íntimos deseos se habían hecho realidad y su madre la dejaría en paz para siempre, permitiendo que su padre volviera a casa por las noches en lugar de irse a cazar.
Durante varias semanas, el Rabosero dejó de ir a cazar y se mostró más cercano, estando con Ágatha mucho más tiempo ahora que Isabel ya no estaba y no discutían constantemente. Al principio Ágatha mostró su lado más tierno e infantil, pudiendo mostrar a esa niña que nunca fue y pudiendo disfrutar su padre, el Rabosero. Ese señor que nunca había jugado con ella ni le había contado una fábula al irse a dormir, pero del que sin embargo, sentía una gran adoración y respeto por todo lo que hacía por el pueblo, permitiendo que muchas familias comieran y que las bestias del bosque dejaran en paz a los lugareños.
Un día, Ágatha y su padre estaban en la sala de juegos. El Rabosero cogió el palo de lluvia y lo movió. No sabía que aquél no era un juguete normal. Ágatha no lo había vuelto a coger desde la noche aquélla, hacía poco más de dos meses, cuando mató a su madre y no le dio tiempo a gritarle a su padre que no lo hiciera... ya era demasiado tarde. Ágatha sólo esperó que su padre tuviera la mente en blanco o que hubiera pensado en algo positivo. No dijo nada, siguieron jugando.
A la mañana siguiente, el Rabosero no fue a sus viñedos. Antes de que cantara el gallo entró en la habitación de Ágatha y estiró de las sábanas, echándola al suelo de un golpe y ordenándole a gritos que se levantara. Parecía como si Isabel hubiera vuelto y ése no fuera su padre. Y eso fue lo que pasó. El Rabosero deseaba con todas sus fuerzas que su mujer no hubiera muerto, pues aunque no fuera correspondido su amor, él sí que la quería. Isabel había vuelto para quedarse y le había poseído, ahora dentro del cuerpo de un hombre, con mucha más fuerza que antes.
Durante una semana, Ágatha vivió la peor de sus pesadillas. Antes su madre le daba algún bofetón que otro, pero ahora esas bofetadas se habían convertido en puñetazos y patadas, que incluso la dejaron inconsciente un día. La hija del Rabosero se había convertido en una adolescente maltratada, víctima de su propia insolencia. Aunque intuían lo que pasaba en aquella casa por los gritos y los golpes, nadie en el pueblo se atrevía a mediar entre ellos por temor a perder su empleo.

Una noche, en un descuido del Rabosero, Ágatha cogió el palo de lluvia. Lo movió con todas sus fuerzas, pensando en una única cosa: sacar al espíritu de su madre del interior del cuerpo de su padre. Pero su imaginación le jugó una mala pasada... Pensó en un bosque frondoso, pero no había zorros ni las bestias habituales que su padre cazaba por las noches. De pronto, entre las ramas, apareció una bestia enorme, con una forma sobrenatural, nada parecida al resto de criaturas de la montaña. Era un ser muy grande, con cabeza de búho, cuerpo de rinoceronte, piernas de cocodrilo y una larga cola, como de iguana, pero en tamaño gigante. Emitía un sonido gutural desgarrador que hacía vibrar y caer las hojas de los árboles. Y su padre estaba allí, luchando contra la bestia.
Ágatha despertó de repente, su padre le quitó el palo de lluvia de un manotazo y lo estrelló contra el suelo, haciendo que éste se partiera y derramara por toda la habitación los granos de arroz que simulaban el sonido de la lluvia al deslizarse por el interior de la rama hueca. Ya no había vuelta atrás... Ya no podía pedir que Isabel saliera del cuerpo del Rabosero y una sensación de pánico la envolvió, un dolor intenso incluso más fuerte que los golpes que le estaba dando su padre en ese momento. Ágatha cayó inconsciente.
Al cabo de un par de horas, mientras el Rabosero fumaba su pipa y divisaba sus viñedos desde la terraza, se oyeron gritos en la calle. El hombre corrió a la puerta de la vivienda para ver qué ocurría, en el otro extremo de la casa, cogiendo antes su escopeta por si eran de nuevo los zorros, que llevaban meses sin volver al pueblo. No dio crédito a sus ojos: no eran los zorros ni nada que hubiera imaginado. Por momentos, Isabel desapareció de su interior, asustada al ver lo que estaba ocurriendo y el Rabosero volvió a ser quien era. Tenía el rostro desencajado, preso del pánico. Aquella bestia descomunal estaba comiéndose a un vecino del pueblo. De un mordisco le arrancó la cabeza y engulló el resto de su cuerpo en menos de treinta segundos. El Rabosero disparó unas diez balas seguidas, pero sólo una impactó en la cabeza de la bestia. Sin embargo, el plumaje de aquélla cabeza de búho descomunal impidió que la bala atravesara su piel. No con ello evitó ahuyentar a ese ser, que se dio la vuelta y se fue sangrando hacia el bosque. El Rabosero entró corriendo en casa y cogió una sierra y una caja de balas, saliendo de nuevo a la calle y corriendo en la dirección por la que aquella bestia se había ido.
Después de una persecución de unos diez minutos, llegaron a un claro del bosque, rodeado por árboles muy frondosos y una gran pared rocosa por la que sólo se podía continuar escalando. Un escalofrío recorrió el cuerpo del Rabosero. Allí estaba él, sólo en medio de la noche, esperando que aquel ser abominable apareciera entre los árboles. Sabía que estaba allí, podía notar su presencia. Muchas veces había sentido esa sensación, pero nunca antes se había medido ante un ser de ese tamaño y con esa forma antinatural. De pronto, un alarido estrepitoso hizo temblar las hojas, que empezaron a caer, y entre las hojas se vieron esos ojos enormes y amarillos, mirándole fijamente. La luz de la luna llena se reflejaba en su pico, afilado como un enorme cuchillo y manchado por la sangre todavía fresca del hombre que acababa de comerse. El Rabosero aprovechó el momento de inmovilidad de la bestia y empezó a disparar, mientras ésta avanzaba hacia él por el claro del bosque. Disparó y disparó, impactando constantemente en la misma zona: entre los ojos y el pico. Justo cuando aquélla criatura estaba cerca, cogió la gran sierra y le rebanó la cabeza, haciendo que el Rabosero cayera al suelo por el esfuerzo. De pronto, una niebla espesa envolvió el lugar y todo se empañó de aquélla luz blanquecina emitida por la luna.
El silencio volvió y, al disiparse la niebla, en cuestión de un minuto, la bestia ya no estaba. En su lugar yacía el cuerpo de una adolescente, sin cabeza. Era Ágatha. El Rabosero había decapitado a su propia hija, acabando con la maldición del palo de lluvia que nadie supo quien lo había regalado. Cogió su escopeta y se voló los sesos.
Desde entonces, dos siglos después, sus almas vagan por la zona y dicen que si cruzas la mirada con ellos un día lluvioso, la maldición caerá sobre ti y tus pensamientos más sucios podrán hacerse realidad...
Paco Quiles.
Todos los derechos reservados